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Un país ingobernable



Hace unos pocos meses se publicó en el Fondo Editorial PUCP el último libro de Eduardo Dargent: El páramo reformista. Este ensayo, de tono pesimista y lenguaje sencillo, pretende lograr una radiografía estructural de cómo se distribuye el poder en el Perú, y, a su vez, lograr que el lector comprenda el por qué el país se resiste a un cambio estructural: la difícil tarea de lograr una reforma que beneficie a la mayor cantidad de personas.

Para Dargent, reformar significa «curar la madera», es decir, lograr cambios no superficiales que vemos en cada mandato: leyes, instituciones, obras, personas, etc. Sino ir más profundo, fortaleciendo al Estado respecto a sus taras más precarias, como es el caso de la salud y educación. Haciendo énfasis en esto último, el autor menciona que los peruanos solemos pensar livianamente que la educación podría salvar al país de todos sus males; convirtiendo la idea en una frase hueca y vacía. Sí, la educación es sumamente importante para reformar nuestro Estado, pero siempre y cuando se diversifiquen las competencias en pos de una educación critica que ayude a entender qué está mal en nuestra sociedad y cuál es el funcionamiento de la misma. A pesar de ello, esta cuestión —la reforma educativa— como todas las otras curas que pretender apaciguar los males que nos aquejan como país son más fácil decirlas que hacerlas. De ahí el pesimismo del ensayo; pues el autor no pretende recetar curas para los males que aquejan al Perú, sino, poner sobre la mesa estos problemas y desestructurarlos para encontrar eco y sostenibilidad en la ciudadanía interesada.

Tal vez lo más llamativo de este breve ensayo es su segundo capítulo. Donde el autor menciona cuales son los principales actores que imposibilitan estas reformas. Dargent menciona tres: los conservadores populares, los libertarios criollos y los izquierdistas dogmáticos.

Los primeros, representados en los últimos años por el fujimorismo —aunque han tenido muchos nombres a lo largo de la era republicana—. Son los que tienen una cercanía a grupos que se oponen a reformar el Estado. Los llama conservadores no necesariamente por su ideología y moral, sino por su comodidad con el statu quo. Pues este grupo suele minimizar la relevancia de la misma, y no reconoce la magnitud de cambios que son necesarios para tener una sociedad con brechas no tan profundas. Los segundos —los libertarios criollos— son un grupo que desde hace décadas tienen una gran influencia sobre la política y el Estado. Representados hace pocos años con el gobierno de PPK y en los noventa con el Movimiento Libertad de Mario Vargas Llosa. Son los que defienden y depositan su confianza en el mercado; como también, en las políticas privatizadoras como fuente de bienestar. El libre mercado es su dogma y lo defenderán a capa y espada si lo sienten amenazado. Por último, y a quienes en los últimos días vamos conociendo mejor, son los izquierdistas dogmáticos. A pesar de que conocen mejor que nadie el funcionamiento del poder y la importancia que tiene para realizar una reforma, fallan debido a que tienen una confianza exagerada en las virtudes de sus recetas. Y en este intento de garantizar una administración más equitativa que dará más justicia a los ciudadanos, inventan nuevos y peores males debido al radicalismo de su dogma, dinamitando la economía de un país hasta los niveles más bajos. Es por esto que es sumamente necesario que este grupo —en caso de llegar al poder y como sucede en la actualidad peruana—, se relacione de forma acrítica con otros gremios y asociaciones para defender y realizar un mejor trabajo al momento de gobernar el país.

Nuestro presente El pasado jueves y luego de las celebraciones del 28 de julio, hubo dos terremotos en un mismo día: el primero, en Piura, y, el segundo, luego de conocer a Guido Bellido como presidente del Consejo de Ministros. A eso sumándole la incertidumbre por conocer al Ministro de Economía. Por suerte, esto último ya lo conocemos. Pero el nombramiento de Bellido parecía anunciar lo que se temía y lo que cierto sector anhelaba muy en el fondo con tal de tener la razón: el binomio Castillo-Cerrón.

Ese día, muchos grupos de derecha conservadora rumiaban su victoria a la vez que se daban golpes en el pecho al altísono de: “¡Miren, yo lo dije!”. Jugando el mismo juego que empezó la izquierda radical al llevar este enfrentamiento a un nivel de buenos y malos. Por su parte, la izquierda progresista y moderada brillaba por su ausencia: no tenían vela en ese entierro.

El cargo presidencial en el Perú es un fierro caliente, señor Castillo. Y ya no está Fujimori para que amortigüe las balas de forma más homogénea: hace rato acabaron las elecciones. Ahora todos los ojos están puestos sobre usted y sobre las decisiones que tome. ¿Podrá el presidente durar en el cargo presidencial? ¿Quién golpeará primero? ¿Serán los conservadores populares con María del Carmen Alva a la cabeza? O, ¿será la izquierda dogmática de Vladimir Cerrón? El segundo vicepresidente del Congreso Enrique Wong ya dio la primera amenaza: “Si Castillo pide un referéndum, pediremos su vacancia”. Por su parte, la izquierda dogmática, con Bellido como aparente vocero de Vladimir Cerrón adelantó el 19 de julio: “Castillo es militante de Perú Libre y como tal está sujeto a los derechos y deberes de dicha agrupación política”. Y, un día después de juramentar como presidente cobra un sentido real. Mientras tanto, el país yace y se reconoce dentro del abismo.

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