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Too Late(2015): Crítica

En Too Late, Ópera prima del director norteamericano, nacido en Ohio, Dennis Hauck, nos encontramos con una especie de neo noir, indie-vintage y muy cinéfilo filme. Una película que no llega a ser indiferente, sino que guste o no, logra captar emociones o excitaciones ya sean visuales o narrativas. Particularidades aparte, la película filmada y articulada en 5 planos secuencia y sin orden cronológico, rescata una sensación ochentera con un tema casi fantástico que puede resultar legible para los ojos más curiosos de la actualidad, a pesar de caer en un final que puede haber sido ya visto, oído y leído, la fortaleza principal de la película se encuentra en una estética cautivadora e hipnotizante, a través de sus 35mm,(filmada en Technicolor de la mano de Kodak) y las luces neón que enfrascan más de una aventura o la música country que complementa momentos cursis, de tensión y acción o, incluso, una sórdida comedia muy a la norteamericana que engalana un guion que podría aparentar ser pretencioso y hasta hostigador con sus sobrereferencias.


Los personajes de la película no son sujetos normales ni seres que pueden aparecer en cualquier película de Steve McQueen, por ejemplo, sino que son el arquetipo del sujeto curioso, con un pasado interesantísimo y que va en busca de un objetivo que aparentemente sabemos qué es, pero en verdad solo al final realmente sabemos cuál fue. Es habitual encontrarse con una lista de personajes carismáticos, atractivos y graciosos en este tipo de películas. Sobre todo si también se quiere hacer una cinta cuyo guion pivota entre momentos inentendibles pero disfrutables.



El protagonista Mel Sampson, interpretado por John Hawkes, es un detective privado cuyo recorrido se basa principalmente en un sentido anacrónico. Le seguimos a través de la película mientras él trabaja como detective, vemos sus guerrillas contra algunos guardias de seguridad, sus accidentes y sus diálogos punzantes, hasta poder verle más vulnerable frente al alcohol, el cigarro y las strippers. En este caso, tenemos el resultado de un protagonista envidiable y disfrutable, pero cuyo rol se ve complementado gracias a la simpática Dorothy Mahler (Crystal Reed), una jovencita stripper que ha desaparecido después de haber sido vista por última vez en una especie de bosque californiano de los ángeles. La relación entre ambos personajes cae en un juego de seducciones sin intención. No es un romance exacerbado ni una puesta en escena desenfrenada de sexo o la búsqueda desesperada del amor, aunque lo parezca en ciertos momentos. Sino es una línea que aparentemente se difumina de principio a fin, pero en realidad lo que hace es esclarecer a través de los pasajes del filme.


Lo interesante y arriesgado de la película se encuentra en su uso del lenguaje cinematográfico, porque la puesta visual propuesta utiliza desde distintos tipos de transiciones y movimientos de cámara que pueden resultar amateurs para aquellos que estén acostumbrados a la finura y el acabado del Hollywood mainstream. Los zooms y el color de la película son, a mi entrever, lo más personal e interesante de la propuesta visual. Los primeros pueden evocar, incluso y sin sobre interpretar, al propio oficio detectivesco, una especie de voyeurismo; mientras que el color comparte sensaciones diferentes en cada plano secuencia que vemos: Desde un tono sepia y verdoso para relatar un momento cómico y casi surreal con la mujer y su esposo criminal o hasta las propias luces neón de los bares y clubes nocturnos que seducen y enganchan en su extrema saturación e intensidad.


Difícil resulta compararla con alguna otra película, o mejor dicho, difícil resulta no relacionarla con alguna otra película. Quizá en aquella búsqueda de la referencia es donde más aburrida y pretenciosa recae. Una especie de niñato que desea contar lo que vio en la escuela de cine; pero es también un atractivo que hacia donde apunte en algún estilo ya definido, como lo puede ser el cine de Tarantino, Lynch o Paul Schrader, es que Dennis Hauck no encuentra rumbo fijo para dónde dirigir el coche. Y felizmente no lo encuentra, o quizá ni lo quiere encontrar y solo se presta al juego de su película para engatusar; hacer renegar a algún crítico como Boyero o impactar al espectador más novato. Es por ello que su punto más disfrutable está presente en lo arriesgado de su puesta visual, en los diálogos grotescos o seductores, simpáticos y simplones, más que en el desarrollo mismo de su historia, más que en su montaje sin orden cronológico o más que en su desenlace mismo.


 
 
 

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