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Stevenson: «¿Hay algo en la vida que desilusione tanto como el logro de nuestros fines?»



¿Qué divino demonio es el que lo empuja a uno a convertirse en un alquimista del lenguaje? ¿Qué oscuro monstruo aísla al hombre en su torre de marfil y lo guía por los placeres prohibidos de la soledad? O, ¿Acaso será Dios el que susurra en la vigilia? No. Son los hombres y su eco quienes terminan alumbrando el camino del errante; del extranjero. Y son estos hombres —quienes lograron engatusar a la muerte— los elegidos para cargar con el peso del derrotismo humano.

Pocos son los escritores que componen con tanta simpleza y, a la vez, tanta profundidad. Y en el siglo XIX, los planetas parecieron alinearse para Europa, pues el continente regaló a la humanidad grandes escritores que engañaron al tiempo y lograron añejar con pudor. Podríamos mencionar algunos y aun así nos quedaríamos cortos: escritores que brillaron por la madurez y la calidad de su técnica. Un Dostoievski, un Tolstoi, un Chejov, un Baudelaire, un Hugo, un Flaubert, un Balzac, un Rimbaud, un Mallarmé, un Melville, un Twain, un Poe, un Dickens, un Wilde, un Kipling, una Austen; por ahí podrían escaparse algunos binomios: dos Shelley, dos Dumas, dos Brontë —aunque algunos prefieran tres—. Entre tantos imprescindibles; el nombre de Robert Louis Stevenson logra brillar con luz propia.

A pesar de que su paso por este mundo fue breve —tenía 44 años cuando murió—, Robert Louis Stevenson, autor de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde o La isla del tesoro, y de cuentos como El diablo en la botella y El club de los suicidas, dedicó buena parte de su vida a escribir historias. Tusitala, lo llamaban los samoanos: «el contador de historias». Novelista, cuentista, y ensayista, el escritor escocés nació con el talento y la facilidad de la palabra, con la simpleza del verbo, con la elasticidad del pensamiento y, sobretodo, con la verosimilitud dentro de la narración para desnudar algo profundo de la condición humana. Pues como el título que da pie a este artículo, Stevenson escribió lo que pensaba en labios del príncipe Florizel—protagonista de El club de los suicidas, relato que forma parte de Las Nuevas Mil y Una Noches— y sentencia al hombre al derrotismo de su propia condición.

Porque la teoría del filósofo surcoreano Byung Chul Han podría tener coherencia al observar el dilema de nuestro tiempo: el individuo explotándose a sí mismo en busca de sus fines, de sus objetivos, de sus sueños. Y, ciegos como Sísifo, empujamos cuesta arriba la piedra de nuestras vidas, con la esperanza de que la cumbre sea el fin de nuestro agotamiento. Pero conocemos la historia de Sísifo, y sabemos que la piedra vuelve a rodar a su punto de inicio. Más uno debe imaginar a Sísifo feliz, nos decía el escritor argelino.

En una existencia absurda, como menciona Camus, son nuestros sueños los que finalmente sostienen el hilo de nuestras vidas. Sin sueños, ¿Qué más le queda al hombre? Más al lograr ese tan ansiado fin, caemos en la fugacidad del placer; y la victoria nos sabe a nada. Dejándonos en la desdiches de la desilusión. Y, así como Hyde, caemos derrotados al intentar calmar y satisfacer nuestra sed hedónica. Esa sed a la que estamos condicionados por nuestra naturaleza humana.

En esta época de máscaras, de apariencias; existe un dualismo contradictorio entre lo que somos y lo que deseamos. Al final, querer no es lo mismo que ser. Y ansiamos ser como Dr. Jekyll porque nos da miedo mostrarnos como Mr. Hyde. Aquí la importancia del parecer adquiere más relevancia. Y así, nuestros objetivos podrían contradecirse. Ya no solo la fugacidad del fin realizado se convierte en insatisfacción, en desdiches. Sino la sustitución de nuestros objetivos se vuelve más frecuente. Y, el hombre, más unidireccional. Finalmente, el hombre moderno termina alienándose frente a la competitividad, y más que un castigo, se convierte en una obsesión. Terminando por fin en la derrota del individuo.





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