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Somos democracia, seámoslo siempre





Culminado el conteo por parte de la ONPE para conocer al próximo presidente constitucional del Perú, y próximos a iniciar una etapa de impugnaciones y negaciones, todo parece apuntar a que vivimos en una democracia selectiva. A diario hablamos de una ciudadanía con libertades, pero lo cierto es que carecemos de las capacidades necesarias para ello siempre y cuando el resultado no nos beneficie.


El pasado 06 de junio, millones de peruanos salimos a elegir a nuestro próximo presidente. Ante este panorama y, pese a que muchos peruanos no compartían con ninguna de las alternativas, parecía que habíamos asegurado que el régimen democrático había cimentado raíces en el Perú, y que algunos procedimientos, como las elecciones, son parte crucial de este resultado.


Sin embargo, aún existe una importante brecha entre el apoyo a la democracia como sistema de gobierno y la democracia “que vale” cuando ganamos nosotros. Esta brecha se podría explicar y entender como la percepción de democracia que tenemos los peruanos cuando no calza con nuestra realidad cotidiana o lo que esperamos que suceda con ella.


Los resultados de la segunda vuelta, son la muestra del hartazgo y enojo de millones de peruanos -según la mayoría de votos- con la clase política. Keiko Fujimori representaba la continuidad de muchas cosas, comenzando por la Constitución que su padre promovió, institucionalidad y un gobierno de derecha; mientras que nuestro casi presidente, Pedro Castillo, representa todo lo contario.


El resultado prácticamente está dado, inclusive con tantas actas impugnadas ante el Jurado Nacional de Elecciones, es improbable que Fujimori supere la elección del candidato de Perú Libre. Sin embargo, “medio Perú”, como se pregonan, está “luchando por la democracia” y buscando la forma de cambiar el resultado de los últimos comicios, originando, creo yo, una división cada vez más difícil de volver a unir entre los peruanos.


El origen de nuestros problemas políticos reside en el hecho de que la democracia necesita unos actores que ella misma es incapaz de producir. En el Perú no se han hecho reformas que garanticen la libertad de votación, como en otros países; ni mucho menos campañas de convivencia ciudadana que induzcan a respetar, o simplemente entender, ideologías ajenas. Probablemente ni siquiera tengamos una adecuada educación sobre políticas y sus diversos lineamientos.


Esto ha obligado a que hoy el sistema electoral del Perú sea un proceso de bipartidismo entre “demócratas” y “revolucionarios”, tan desprestigiado como lo han venido demostrando los candidatos de esta segunda vuelta.

Lo anteriormente mencionado es entendible porque sabemos que no existen sociedades democráticas perfectas. Sin embargo, nuestra obligación es llegar a ser un estado democrático lo más adecuados posible, para evitar confrontaciones peligrosas.


Por todo ello, luego de haber votado con el hígado -y con justa razón- no podemos separar el valor del voto, que significa la esencia misma del ser humano, porque para votar es necesario primero tomar una decisión y esta decisión implica varios procesos de análisis del pensamiento. Y esto debe ser respetado.


Votar es expresar nuestra voluntad, es un derecho fundamental de cada ser humano aceptado universalmente que conlleva compromisos, pero que inevitablemente debe ser practicado. Quién no sea capaz de expresarse y relacionarse con su sociedad, está condenado a tener serios conflictos consigo mismo.


La democracia, esta palabra que tiene un gran significado en la evolución de las sociedades, no puede entenderse, sin su gran relación con la acción de votar y con el valor mismo del voto. Y eso hizo el Perú.


Es fundamental entender que la voluntad de los individuos y su ejercicio, así como su cumplimiento están en permanente lucha. Por un lado, tratando de evitar la manipulación de la voluntad de los individuos y por el otro que esta expresión sea orientada hacia al bien común, hacia el respeto al semejante, es decir orientar su objetivo hacia las expresiones justas de nuestra esencia humana.

Asimismo, es necesario que los ciudadanos continuemos luchando para que quienes están en el poder, que lo tienen gracias nosotros, vayan tomando en cuenta, que los más importantes son el ciudadano y su voluntad expresada mediante el voto.


Por último, recordemos que ser un buen ciudadano, uno que cuente con valores democráticos, va más allá del quehacer cívico. Esto también nos exhorta a trabajar en la empatía política, que hemos ido perdido cada 5 años en cantidades importantes.


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