Reflexiones para una ética marxista
- Sergio Díaz
- Jul 20, 2021
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Antes de empezar, quiero establecer algunas aclaraciones: este ensayo no pretende establecer ninguna justificación a las faltas y crímenes existentes en la sociedad actual; por el contrario, pretende retratar la realidad cruda y ofrecer una reflexión distinta sobre ella a partir de la siempre incómoda teoría marxista.
Comenzamos entonces: ¿Puede un marxista hablar de una ética para la vida? La verdad es que sí. De hecho, el punto de vista materialista nos permite dejar de lado aquellos juicios morales tan tóxicos para la vida diaria y que desgraciadamente están presentes en la mayor parte del imaginario común. Pongámoslo así: en el contexto actual escucho por la calle que “en Cuba la gente se muere por salir del sistema socialista y aquí la mayoría muere por entrar a ese sistema”. Hace poco nomás, en el contexto de segunda vuelta, “son unos serranos ignorantes”. Si nos remontamos años atrás, “todos son ignorantes pues, se dejan azuzar por unos abogados interesados”. Y si nos remontamos a la década de 1880, “los indios no tienen patriotismo alguno, son salvajes”. ¿Es que acaso son tan soberbios que no pueden ver más allá del falso “bajo intelecto” de la gente para haber votado supuestamente por el “comunismo”, por haber votado por un campesino rondero, o por “no haber estado a la altura del interés nacional (criollo, en realidad)”? ¿Es que acaso su ego los puede cegar tanto, al punto de poder vociferar sin reparo alguno que “la gente que votó por ese campesino es idiota”? ¿Es que acaso no pueden ver más allá de los juicios ideales?
Pues no se preocupen, que para eso llega la crítica marxista: para mostrarnos el mundo de otra manera. Y es que el marxismo no se basa en juicios abstractos sobre mentalidades o ideas. Se basa en el mundo real (entiéndase como el mundo sensible, que se puede ver, tocar, oler, sentir, etc.). Si hay alguna frase que retrata de manera magistral el marxismo (o, en todo caso, una de las que más lo hace), en mi opinión, es la siguiente: “No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”, presente en La ideología alemana, de Marx y Engels. Ver el mundo desde el materialismo nos permite ver, pues, la realidad concreta que posibilita la existencia de eso que los “moralistas” llaman soberbiamente “idiotez”. ¿Nunca se han preguntado por qué existe una delincuencia tan arraigada en la sociedad peruana sin recurrir a la explicación moral? ¿En serio creen que todo es como las películas? ¿En serio creen que el mundo es tan simple como que alguien un día se levantó y quiso dárselas de “pendejo”, de “vivo” o de “criollo” y salió a robar un celular o una billetera? ¿O que alguien por pura voluntad se inserta en el mundo del tráfico de drogas?
En efecto, sostener ese razonamiento es vivir en un mundo subalterno, un mundo metafísico, es decir, irreal, ficticio, o en lo que comúnmente se conoce como “vivir en una burbuja”. Y digo por qué: las relaciones económicas existen y se erigen desde una determinada dinámica; en el contexto actual las relaciones económicas dominantes son, duela a quien le duela, capitalistas, lo que implica la obtención de capital para poder sobrevivir. De modo que el capitalismo no conoce de juicios morales sobre cómo producir dicho capital en tanto efectivamente se produzca, ya que este es simplemente una relación de producción. Si dicho capital se consigue vendiendo drogas o vendiendo iPhones siendo el dueño de Apple, al capitalismo le dará exactamente igual, porque sencillamente así funciona; en otras palabras, el capitalismo no distingue entre personas “buenas o malas”. En ese sentido, ¿qué autoridad tengo yo para juzgar a una persona que necesita capital para vivir? O un ejemplo más radical: ¿qué juicio moral puedo establecer con un ser humano real que trabaja en un cartel de droga como matón cuando es su único medio de supervivencia? Ojo, como ya mencioné, esto no es justificación moral al accionar de la delincuencia, que hace daño y mata. ¿Pero saben qué tampoco es justificable moralmente? El accionar de la gran burguesía empresarial para obtener sus beneficios económicos que también hace daño y mata. Sin embargo, el capitalismo lo permite, porque, nuevamente, no es un sistema moral, es un sistema económico material, concreto y comprobable empíricamente.
La crítica marxista no establece juicios morales, ya que contribuyen poco o nada a la solución del problema de base, que es el sistema económico. El marxista crítica al sistema concreto que se le presenta, en este caso, el capitalismo. ¿Cómo, entonces, se puede ver la ética desde el punto de vista de un marxista? Pues la respuesta se desprende sola: no es la persona, el individuo, el ente sujeto a crítica, sino el mundo material y cómo este funciona. No es el accionar de la persona per sé, sino la realidad material histórica que significa dicha persona. No es “la ‘mala’ persona que vende droga”, sino “la persona que no tiene de otra para sobrevivir”. Todos, me parece, concordamos en que nadie desea que las cosas sean así. Por ende, el marxista sostiene que el cambio debe ser esencialmente económico. Claro, el problema radica en que dicho cambio perjudica a una clase en particular que vive muy cómodamente con este sistema, y que está en todo su derecho de defenderlo: la burguesía. Y es que tampoco se puede calificar de “inmorales” a los mismos burgueses, que actúan conforme a lo que el sistema económico capitalista les permite. Con esto último se cae por sí solo el muy famoso discurso de “el socialista es un resentido social, lleno de odio hacia los que sí tienen”. No, señores, no hay “odio” en el marxismo. Nosotros nos basamos en la realidad económica concreta y buscamos cambiarla.
Dicho esto, el marxismo nos enseña, efectivamente, a pisar tierra, y no a divagar en juicios ideales, utópicos y moralistas. Nos enseña a mirar, por un lado, hacia nosotros mismos y preguntarnos “¿dónde y por qué estamos aquí y ahora?” o “¿qué fue lo que posibilita que esté aquí y ahora escribiendo esto?” Nos enseña, por otro lado, a mirar al otro como un conjunto de situaciones y condiciones económicas que lo colocaron frente a nosotros, ya sea usted que me lee ahora, o al ladrón que hace unos meses me robó (aunque sea difícil de procesar). Nos enseña que el mundo es material, que el ser humano no está separado de la naturaleza ni mucho menos la ha superado; que vivimos en un mundo salvaje; que existen personas que se enfrentan a él cada día y de frente, y que si no lo notamos nosotros es porque hay otras personas que lo hacen por nosotros. Uno puede interiorizar el razonamiento marxista y descubrir que los “moralistas” no son sino un grupo de individuos totalmente separados del mundo real, volando en las nubes, viviendo en un mundo paralelo en el que solo viven ellos y sus afines. El marxismo, pues, cuestiona y pone en duda todo, incluso el propio “desarrollo” o “progreso” humanos preguntándose “¿progreso y desarrollo para quién o quiénes?”; desmantela ideologías como que “el pobre es pobre porque quiere” o que “el cambio está en uno mismo”. Personalmente el marxismo me ha hecho dar cuenta de que el modo de pensar de una persona es de las cosas más diversas y que, por ende, el cambio de mentalidad no es la solución a los problemas sociales.
En síntesis, el marxista se deja de preguntar por un “debería ser” ideal, de pensamiento, de moral, y pasa a preguntarse por un “debería ser” económico, de sistema, de realidad material y concreta. Tal vez así dejemos de decir “ahí está el ‘vago’ de la esquina” y comencemos a decirnos “allí va un preso del capitalismo” o, mejor aún, quizás podamos decir “cambiémoslo todo”.




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