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Quo Vadis Aida?: El horror en fuera de plano




En 1995, a mano y orden del carnicero Ratko Mladic, aproximadamente más de 8000 civiles musulmanes bosnios fueron exterminados. Un incidente que queda marcado para siempre en la vergüenza del viejo continente y en su tibieza inmadura, al no denunciar ni evitar tal masacre perpetuada por el ejército serbobosnio en las guerras balcánicas.





Quo Vadis Aida?, filme de la directora Jasmila Zbanic, es una abrumadora cinta que nos muestra la mirada de una mujer y madre, traductora de las Naciones Unidas y residente de la pequeña ciudad de Srebrenica, llamada Aida, quien tendrá que lidiar con no solo los problemas que aquejan a miles de personas que buscan refugio en el cuartel de la ONU, sino que entre las gentes se encuentra su familia, dos hijos hombres y su esposo, un profesor de historia de la escuela de Srebrenica.

El retrato que expone la directora en los 104 minutos de película es un retrato de horror, de claustrofobia y de desesperanza. El mérito principal, a mi juicio, es el mostrar al personaje principal como una civil que está en pugna constante a pesar de las adversidades crueles que se le presentan en el camino. Ella no es heroína de guerra, no hizo justicia, no logró su cometido… una perdedora admirable, en la que su lucha interna la vivimos todos al momento de ver la película. Hablar de empatía puede resultar un cliché para analizar la cinta; sin embargo, el temple de Aida es también gracias a la magnífica interpretación de Jasna Djuricic y, por su puesto, mérito de Jasmila.


No es solo cine de denuncia, sino de memoria. Un retrato ficcional que impacta y hace increíble las atrocidades que, se saben, son completamente creíbles. La película trabaja con una gran cantidad de planos cerrados mientras los objetos o sujetos encuadrados están en el cuartel, siendo cargados en los buses de rescate o cuando están frente a una situación muy complicada; aunque a contrapunto, mientras Aida está desesperada, los planos le dan respiro, espacio y muestran más que nada sus pasos, los pasos infinitos que da durante toda la película para poder ayudar, sea como sea, a su familia.


Un detalle impresionante por parte de Jasmila es el no mostrar, en ningún momento de la película, algún crimen de guerra, asesinato o violencia explícita y si hay alguna imagen de muertes, siempre es después del asesinato. Los sonidos ayudan a entender el sufrimiento en el momento. Las bombas en la ciudad, por ejemplo; los gritos de las personas torturadas y el sonido de la pólvora, que, en una de las escenas más escalofriantes de la película, se hace insoportable, al menos para mí, tan insoportable como nunca.


La película también trabaja con un espectacular uso del ritmo, iniciando con un conflicto que aparentemente está llegando a su fin, pero a medida que entendemos el conflicto que vive nuestra protagonista, la angustia se acelera junto con la intensidad del montaje. Vamos de lo general a lo particular y es, quizá, el elemento personal el que genera un nudo en la garganta. No solo se siente una impotencia al ver la indiferencia de los cascos azules de la ONU, escondidos detrás de su diplomacia globalista, sino que se hace duro aceptar que, de alguna u otra forma, para la tragedia de la guerra no hay ni preferencias ni argollas, sino nada más frío y duro que la propia realidad.


Y así nos lo deja retratado Jasmila, de principio a fin, la dura realidad de Aida, quien al final de la cinta se presenta como una mujer llena de dolor, un dolor tan contenido que aparenta ser una enfermedad incurable. Una verdad atroz que queda grabada en la memoria visual de las ficciones históricas sobre las guerras balcánicas.




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