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Política de los afectos en el contexto electoral





Durante las últimas semanas, el bombardeo de los medios de comunicación se ha sentido con una fuerza desmedida –por decir lo menos– y poco usual, procurando imponer tanto la elección de los ciudadanos y ciudadanas de cara a los comicios presidenciales, así como también una forma de interpretación de la realidad que, en medio de la crisis en todos los niveles producida por la pandemia, intenta hallar soluciones a cuestas.


Este rol de interpretación resulta clave al momento de cuestionar e interpelar a las instituciones políticas de nuestra sociedad. Pongamos un ejemplo: el resentimiento. Si bien no es un término de aparición reciente en los debates públicos, sí ha alcanzado una singular notoriedad en la medida en que se lo coloca como motivo principal de elección de un sector de la población. No obstante, como la propia definición alcanza a señalar, resentimiento es el dolor causado por un daño pasado que pervive en nuestro presente, un dolor que no cesa no tanto por un vicio nostálgico, sino porque la reparación nunca ha sucedido o, como sucede en el Perú, porque las mismas causas que causaron aquel daño siguen existiendo y operando.


Otro ejemplo que se ha vuelto quizá más familiar es el miedo. Aunque aquí el uso del término en sí sea menos frecuente en comparación al afecto que se pretende generar, cabe indicar que este uso se vuelve, sobre todo, para desterrar toda idea de cambio bajo el supuesto de que el presente orden de las cosas es preferible a «cualquier experimento» (¿se ha notado ya el giro de la candidata de Keiko Fujimori, de quien apenas hace un par de meses toda su propuesta se basaba en defender el modelo económico?), volviendo aplicable aquella sentencia de Fredric Jameson según la cual es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Así, como se puede ver claramente en los más eficaces aparatos de publicidad de las dictaduras, el miedo genera automáticamente un deseo de seguridad, de inalteridad, de rechazo a todo lo que es considerado como extraño.


Como vemos, hay toda una implicación política en los afectos que, de ser observados con detenimiento, revela precisamente aquellos móviles que, en última instancia, pueden decidir el voto. Esta guerra silenciosa, cabe indicar, no sería posible sin el presupuesto de que la participación política solo puede darse a partir de cierto de uso de la razón, rechazando toda aquella actitud que esté motivada por algún afecto, como lo muestra claramente el caso del resentimiento. El problema, por tanto, más allá de que se sienta uno afectado por el resentimiento, que es una experiencia totalmente válida cuando se trata de la memoria y constitución histórica de una sociedad, sino que es rechazado como interlocutor válido por sentir precisamente aquello, fuera de los criterios que se imponen desde cierta tecnocracia («solo el que sabe o tiene doctorados puede opinar»).


Este presupuesto, de legado liberal, conduciría al prejuicio que, salvo el saber, todo es ilusión. Pero, como se viene mostrando en las dos últimas elecciones, los votos se mueven más por las necesidades y sensibilidades, antes que por un pretendido saber. Podría indagarse este asunto en relación con el caudillismo característico del imaginario peruano, desde luego, pero, lo que queremos insistir y concluir aquí es que los afectos no pueden ser desdeñados de una visión política amplia del juego de fuerzas, ni muchos menos invalidar posturas, porque estas revelan la absoluta validez de una postura política y, sobre todo, su conexión con la vida misma.


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