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Muerto el perro, ¿dónde queda la rabia?


Muerto Abimael, los que hemos sufrido el terror de vivir finales de los ’80 e inicios de los ’90 en el Perú, sobretodo en la capital, que era objetivo principal del pensamiento terrorista en esas épocas de auge del senderismo peruano, tenemos la obligación moral de compartir y recordar a las nuevas generaciones, la experiencia cercana con los ataques de este maldito sanguinario. Era mayo de 1992, tenía 7 años, mi familia y yo departíamos en un departamento en San Isidro, en Córpac, habíamos recibido una invitación cordial de mi tia materna, mi madrina de bautizo, con quien teníamos asiduas visitas familiares por la cercanía que teníamos mis hermanos y yo con mis primas hermanas. Eran 4 adultos y por lo menos 4 menores de edad. La hora, calculo, entre las 530 pm y 730 pm. Recuerdo que estábamos a punto de iniciar la cena, cuando de repente toda la realidad cambió 180 grados. Todo lo que estaba en un lugar y espacio determinado, incluido personas, en microsegundos, no seguía más ahí. Había ocurrido algo que nadie podía determinar con exactitud y la confusión y el golpe fueron tales que, incluso, desconocíamos dónde es que estábamos y con quiénes. Había estallado un coche bomba por la explosión de decenas de kilos de dinamita a pocas cuadras de ahí, en el corazón del centro financiero de San Isidro, entre las avenidas Juan de Arona y Rivera Navarrete. Abimael Guzmán había dispuesto atentar contra la vida y patrimonio del lugar. El saldo: más de 20 fallecidos al instante (trabajadores todos), aproximadamente 50 heridos, decenas de negocios destruidos, entre los cuales destacan el BCP, Interbank, Oeschsle etc. Segundos luego del atentado, todos, adultos y niños, estábamos en el suelo, como bebés gateando buscando alguna salida más emocional que física, tratando de resolver el desorden sicológico provocado por el caos. Recuerdo que, en la desesperación, mi tío abre la puerta vaiven de la cocina y le tira un portazo en el rostro a mi prima de aprox 12 años que seguía en el suelo confusa buscando a sus padres. Meses después de aquel atentado, Abimael fue capturado y la paz, en cierta forma, volvió al país. El miedo de los constantes ataques a la ciudad fue mermando con el tiempo, olvidando quizás lo que estos señores están dispuesto a llevar a cabo, con tal de tomar el poder, fundamentado en el pensamiento marxista leninista que hoy como neblina empieza a ensombrecer el Perú. Por todo ello, es impenitente nuestra labor de no dejar pasar los hechos como mera recordación y experiencia, sino informarle a los jóvenes de hoy que hubo un tiempo de guerra contra el terrorismo, aquel que ahora, con este nuevo gobierno, se busca restablecer en forma de administración de todo nivel. Muerto el perro, debemos eliminar la rabia, cueste lo que cueste, para que la sangre derramada de hombres, mujeres y niños inocentes, no haya sino en vano.

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