Los libros malos buenos
- Andrés Armas Roldán
- Sep 30, 2021
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G. K Chesterton llamaba el «libro malo bueno» al tipo de libro que, a pesar de no tener pretensiones altas en un nivel estrictamente literario, atiborraban las ventas al público de forma escandalosa; logrando que, por un momento, la literatura parezca estar de nuevo en boca de las gentes. Esta suerte de «literatura ligera», de narrativas entretenidas y digeribles, se conocen hoy en día con el nombre de bestsellers, o, si somos más crueles, como subliteratura. Y son obras que se distinguen de las otras por el alcance publicitario que se les da, y, a su vez, por no tener altas pretensiones literarias. En síntesis, son los libros que atraen y gustan a las editoriales, pues no suelen presentar riesgos económicos. Y en un país como el nuestro, en el que el índice de lectura alcanza el 0.8 de libros leídos por año, puede resultar comprensible: la edición de libros es un negocio difícil. Por eso no deberíamos estigmatizar esta cuestión en su totalidad, pues tener una editorial en nuestro país significa un riesgo que muchas editoriales —sobre todo las independientes— están dispuestas a enfrentar en aras de la difusión de libros de calidad: apostando por la diversidad temática y, en ocasiones, por autores noveles. Pero ese es tema para otro artículo.
Sin embargo, en este texto me dedicaré a hablar estrictamente de los libros literarios. Pues como sabemos, existen libros de toda índole: históricos, sociales, políticos, etc. Dicho esto, no deberíamos ser mezquinos. La «literatura ligera» no es un síntoma de nuestro tiempo. En la Europa del siglo XIX, las aventuras del detective más famoso del Reino Unido se leían a por montones. En su época, muchos creían que el personaje era una persona de carne y hueso. Al final, el personaje de Sherlock Holmes terminó siendo una figura más grande que el mismo Arthur Conan Doyle. Y, hoy en día, seguimos leyendo sus aventuras. Aunque, este no es un caso aislado. La literatura tiene infinidad de ejemplos sobre escritores que fueron muy populares mientras vivieron. Como también, los hay de escritores que fueron ignorados en vida y recién al morir fueron tomados en cuenta. Tal vez de eso trate la verdadera labor de un académico: la de rescatar la calidad de la ignorancia y el olvido; y no solo de la multiplicidad de lecturas e interpretaciones.
Para George Orwell, uno de los temas más recurrentes de los libros malos buenos es el carácter autobiográfico: «[…]una de las ventajas de los escritores malos buenos es su falta de pudor al adentrarse en el género autobiográfico. La exhibición y la autocompasión son la ruina del novelista». Esto podría ser parcialmente cierto. Pues casi la mayor parte de la literatura parte de un hecho autobiográfico. El mismo Orwell fue un escritor que se valió de su experiencia vivencial al momento de escribir: sus novelas lo comprueban. Pero como sucede con todo buen escritor, la obra de Orwell está llena de contradicciones. En realidad, de lo que renegaba el escritor birmano era de esta cuestión meramente productivista y mercantil que atañen a los libros de carácter autobiográfico. «La existencia de la literatura mala buena […] es un recordatorio de que el arte no es lo mismo que la elucubración», sentenciaba.
Últimamente, un fragmento de una carta de 1904 que Kafka escribió dirigida a su amigo Oskar Pollak se ha vuelto popular. El fragmento es el siguiente: «Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para qué nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro!». Kafka se refiere a esta suerte de libros que revelen una verdad ignorada; que despiertan el pensamiento crítico. Que invita a la reflexión y alimenta el deseo de conocer más. Que —yéndonos a los extremos—, resulte tener algún valor practico para el individuo. Pero esto último es debatible.
La literatura, como todo arte, carece de algún valor práctico. Pero no por esto la calidad artística debe alcanzar niveles mínimos. Pues es en esta aparente vacuidad donde se haya su atracción más legitima. Aunque, lo admito, hay vergüenza en lo impráctico. Un texto puede ser escrito con la mejor de las intenciones. Uno puede emprender el acto creativo motivado por cuestiones pedagógicas. Y lo pedagógico es claramente una cuestión útil, pues, está ligado estricta y celosamente con el porvenir del hombre como individuo y dentro de una sociedad. No obstante, el escritor debe resistir. Caer en la trampa de lo útil puede amanerar el carácter. La escritura de ficción debe mostrar, más no enseñar. Esta idea sobre el hábito de la lectura como solución a los problemas educativos en nuestro país parte de un concepto erróneo. El aprendizaje no se encuentra en el hábito, se haya en el error.
El problema con nosotros los lectores es que creemos casi siempre todo lo que se encuentra en un libro. No todos los libros son objetos sagrados y ejemplos de virtud. Y ya es tarea del lector separar el trigo de la paja: separar los libros buenos, de los libros malos buenos.






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