Literatura: apuntes sobre política y esteticismo
- Andrés Armas Roldán
- May 9, 2021
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En la actualidad, la época en la que vivimos hace que nos replantemos constantemente el futuro que les espera a las sociedades modernas. Nuestro país, que no es exento a estas dificultades, procura ensayar soluciones a los problemas que se le han presentado en los últimos años, y, sobre todo, a los problemas que viene arrastrando desde el nacimiento de la república. La pandemia, la brecha social, la corrupción, el conflicto armado, la represión policial, el resurgimiento del marxismo, el alegato del modelo neoliberal. Latinoamérica se haya en una pugna social e ideológica que ha ido creciendo con el correr de los años; y, que hemos visto reflejado en las manifestaciones colombianas de los últimos días.
Hoy más que nunca existe la necesidad de involucrarnos en política; a pesar de que para muchos esto puede resultar degradante. ¿Por qué? El que se involucra en política irremediablemente debe ensuciarse. Pues abandona su individualidad para defender una unidireccionalidad social que es alentada por intereses comunes. Y nada peor para el individuo que ir perdiendo de a pocos su individualidad; que es lo único que realmente tiene. Este individuo, sin atisbos políticos, es irremediablemente obligado a escoger su bando y posición dentro del escenario social. Esto lo hace adquirir ropajes ideológicos que antes desconocía y que anulan constantemente su propio temperamento. Para un artista —en este caso, un escritor— la constante anulación de la personalidad puede llegar a ser perjudicial para el arte que pretende construir y el estilo que procura afianzar. A su vez, no podemos ignorar que la vida política abarca también a la literatura. Y en ese marco, no todos llegan a ser George Orwell. Pues el talento y el compromiso no son suficientes.
Latinoamerica ha estado llena de escritores que dedicaron años de su vida a denunciar y evidenciar los problemas urgentes que cada nación tenía. Esta cuestión —la política— no alentó al escritor latinoamericano a desarrollar una personalidad esteta, pues nuestro continente se encuentra constantemente en conflicto; y, dedicarse a desarrollar un temperamento de corte estético es una cuestión que puede tomarse como una actividad no empática. Es muy difícil que, en Latinoamérica, y, específicamente en el Perú, se desarrolle una corriente esteticista de la literatura; pues son breves los años de paz en nuestro continente. Y debido a esto, la moral impulsa al escritor a escribir sobre cuestiones más importantes y urgentes. La literatura que se alimenta de la política, evidencia y denuncia. Mientras que la esteta pretende ornamentar el lenguaje con sus efectos estilísticos. Para el esteticismo, la forma es lo principal. Las cuestiones morales se inhiben para provocar en el lector la sensibilidad de la belleza. Por el contrario, para la literatura comprometida, es esta moral la que sirve al escritor como motor para denunciar los males que nuestras sociedades acogen.
Por lo tanto, nuestro contexto latinoamericano invita al novel escritor a interesarse sobre la problemática política y social de su propio país. Si en la juventud —que es signo por excelencia de la rebeldía— hubo indicios de una preferencia esteta del lenguaje. En la madurez el escritor parece haberse traicionado a sí mismo para adquirir una voz que no es la suya, pero a la que se llega a acostumbrar y que termina adoptando como propia, terminando en un arte sin relevancia: una escritura a medias. De ahí que, la escritura que mejor representa a la naturaleza latinoamericana sea la de protesta. Si Orwell hubiese nacido en Latinoamerica hubiera encontrado un terreno fértil en el cual trabajar. Son tantos los problemas que aquí se suscitan que no escribir sobre ellos sería un insulto a la integridad intelectual. Por su parte, si Wilde hubiese nacido en la América del siglo XIX, «el arte por el arte» no se hubiese desarrollado. Oscar Wilde desarrolló su literatura en plena época victoriana. Mientras la experiencia que adquirió Orwell en la Guerra Civil española, como en la Segunda Guerra Mundial, hizo que se plantee sociedades que solo en apariencia sean democráticas. Y que sean más bien una dictadura que tengan la máscara y el ropaje de una democracia.
Las cuestiones que aquí menciono son muy amplias para simplificarlas en un solo artículo. Pero no se trata de ver a la literatura esteta y política bajo los límites del pensamiento binario. Ambas no son antagonistas. No se contraponen. No representan el negro y el blanco. La literatura —gracias a sus múltiples matices— exige una tarea hermenéutica que no puede ser saciada por un solo individuo. Pero que, con cada planteamiento, se llegue a lograr una multiplicidad de lecturas.




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