La variabilidad de lo real en Cómo me hice monja y Mil gotas
- Kevin Rivera
- Sep 1, 2021
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Tanto Cómo me hice monja como Mil gotas de César Aira desafían las expectativas de lector contemporáneo por el establecimiento de vínculos inseparables entre la ficción y realidad. Si se entiende a la ficción como representación de la realidad, entonces ambas obras pueden verse como el intento del autor por reflejar cómo es que lo que consideramos lo real es capaz de ser abordado desde distintas perspectivas producto de la acción de lo ficcional. En Cómo me hice monja hay un constante juego con lo que se supone es la historia que se le presenta al lector. Desde el título se nos propone una búsqueda religiosa que finalmente no existe. En su lugar, tenemos la historia de infancia de un muchacho llamado César Aira que se identifica con una chica. A ello se le agrega una serie de situaciones inverosímiles que cuestionan toda concepción tradicional de una novela breve contemporánea, a lo que se suma el hecho incongruente de la identificación del protagonista con el género femenino. Lo que uno esperaría sería un relato de tintes autobiográficos sobre la infancia del personaje de César Aira y su iluminación religiosa termina convirtiéndose en una historia fantástica e incluso surrealista por momentos, con un desenlace que sella cualquier posibilidad de concretar lo establecido en el título. La realidad ha sido trastocada por la ficción, la cual la ha representado (desempeñando, por ende, su función) de manera particular pero no por ello menos válida.
Para el caso de Mil gotas, tenemos una realidad concreta que es el cuadro de La Gioconda y su desaparición, rememorando al robo real que sucedió a inicios del siglo XX. Aquí el aspecto ficcional entendido como lo fantástico ingresa al señalarse que lo que ha desaparecido es la pintura del cuadro y esta se ha distribuido en mil gotas que se dispersan por todo el mundo e incluso en el espacio para vivir distintas aventuras. La realidad de La Gioconda es capaz de ser representada de múltiples formas y no por eso pierde su calidad como La Gioconda. Tal cuestión resulta en un paralelismo con la enorme reproducción que el cuadro ha tenido y que hace posible que cualquier persona pueda tenerla consigo. Pero estas imágenes no son menos que el original, son representaciones suyas y, a fin de cuentas, todas son parte del mismo conjunto. Las mil gotas, si bien pueden vivir experiencias de lo más diversas por todo el mundo y en otras partes de la galaxia, no pierden su calidad de representación de la realidad de La Gioconda. Es así que los lazos entre ficción y realidad como los dos lados de una misma moneda quedan establecidos.




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