La Dulcinea encantada como eje articulador de la segunda parte del Quijote
- Kevin Rivera
- Jul 7, 2021
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Me parece importante señalar que la Dulcinea encantada se diferencia de la Dulcinea ya vista en la primera parte de El ingenioso don Quijote de la Mancha, debido a que esta es creada por la imaginación de don Quijote, mientras que aquella es producto de la invención de Sancho Panza. En ambos, casos, sin embargo, juega un papel determinante para el desarrollo de las aventuras de nuestro caballero andante. Para la primera parte, como señala Ciriaco Morón Arroyo, “Dulcinea es el fin último de las hazañas del caballero; como fin, es el origen de todas sus acciones, el trasfondo en el que se sostiene, y la fuente de nueva energía después de las derrotas” (201). Don Quijote siempre tiene presente a Dulcinea en cada acción caballeresca que lleva a cabo. Ya sea luego de vencer a algún adversario y ordenarle que vaya a comunicarle las proezas de su caballero, ya sea cumpliendo penitencia en su nombre, como se ve en el episodio de su internamiento en la Sierra Morena. Por su parte, en la segunda parte, la nueva Dulcinea cumple un papel de igual o mayor importancia, ya que “desde el capítulo X en el que Dulcinea es encantada, su desencantamiento se convierte en un motivo esencial” (Morón Arroyo 204). La figura de esta labradora vulgar que se constituye en la Dulcinea encantada queda grabada en la mente de don Quijote al punto de verla en la cueva de Montesinos y al punto de, luego del encuentro con el sabio Merlín y la orden de los azotes de Sancho para deshacer el encantamiento, volverse una constante en los pedidos a su escudero, preocupado de que el dictamen se cumpla con prontitud para que su Dulcinea regrese a su estado normal.
La aparición de Dulcinea encantada no es solo relevante por su papel fundamental en la segunda parte, sino también porque representa un cambio en los papeles de representación de la realidad entre don Quijote y Sancho. En palabras de Erich Auerbach:
Hasta ahora, había sido don Quijote el encargado de captar y transfigurar a través del prisma de la novela caballeresca las realidades de la vida diaria con las que topaba a cada paso […] Aquí, sucede lo contrario: es Sancho quien improvisa una escena novelesca, al paso que la habitual capacidad de don Quijote para transformar los acontecimientos a tono con la ilusión se estrella contra la prosaica realidad, a la vista de las tres aldeanas (316).
Es cierto que los intereses detrás de don Quijote y Sancho al interpretar la realidad difieren. El primero lo hace por influencia de las novelas caballerescas que lo llevan a ver lo que lo rodea y sucede en relación a lo que acontece en estos libros. El segundo, por otro lado, solo tiene el objetivo de engañar a don Quijote, ya que Sancho nunca ha visto a Dulcinea, al igual que su señor, por lo que este no tiene forma de comprobar que la aldeana que el escudero señala como Dulcinea es ella realmente. Sin embargo, ello no cambia el hecho de que en esta parte vemos a don Quijote a merced de la realidad, la cual rebaja la ilusión caballeresca en base a la que observa el mundo que le rodea, caso contrario a lo que sucede en la primera parte cuando, más bien, eleva la realidad a la ilusión (Morón Arroyo 203). Mientras más avanza la segunda parte, este rebajamiento de la ilusión caballeresca en don Quijote, que había sido la guía de nuestro personaje durante la primera parte, va pronunciándose mucho más. Es a partir del encuentro con Dulcinea encantada que tal ilusión ira diluyéndose hasta culminar con su total desaparición al final de la historia, cuando don Quijote recobra la razón en su lecho de muerte.
Esta Dulcinea, la Dulcinea de Sancho, es creada acorde al mundo de referencias del escudero. A diferencia de la de don Quijote, basada en los libros de caballerías y la idealización del amor en su forma platónica, la de Sancho “[…] no depende de su voluntad, sino de su capacidad inferior, en perfecta consecuencia con su situación de campesino analfabeto y de mentalidad que opera en el nivel de los puros sentido” (Morón Arroyo 206). Por ello es que es una Dulcinea tosca, sin modales, forzuda y de campo. El total opuesto a la idealización planteada por don Quijote en la primera parte. Pero no es solo una oposición de imagen, sino también de habla y acciones. Cuando nuestro caballero intenta explicarle a la aldeana que el encantador que lo persigue la ha transformado en esa figura repulsiva, esta responde de forma vulgar. “¡Tomá que mi agüelo! ¡Amiguita soy yo de oir resquebrajos! Apártense y déjenmos ir, y agradecérselo hemos” (Cervantes 620). A esto se agrega la descripción de la caída de la aldeana del burro y su subida, todo ello con la agilidad que responde a una muchacha de campo. La grandilocuencia retórica de don Quijote contrasta con el estilo bajo del habla de la aldeana y de su acción (Auerbach 320), con lo que estamos ante el peor escenario que podría imaginarse don Quijote., quien, a partir de ese momento, se esmerará en sobremodo por deshacer el encantamiento y eliminar a la Dulcinea de Sancho para que así pueda regresar su Dulcinea caballeresca.
Es así como el personaje de Dulcinea encantada, si bien en sí misma no existe, ya que es una invención de Sancho, así como la Dulcinea de la primera parte es una invención de don Quijote, se convierte en el hilo conductor de la segunda parte, ya que el romper el encantamiento guía las acciones y pensamientos de nuestro protagonista. No obstante, debe agregarse que este personaje también representa la progresiva desaparición de la ilusión caballeresca que había llevado a don Quijote a salir de su aldea como caballero andante en busca de aventuras y devoto de su amada Dulcinea. El recorrido por la segunda parte es un recorrido por una realidad que se va imponiendo sobre nuestro protagonista y a la que él se resiste lo más que puede (se convence del encantamiento de Dulcinea para justificar su apariencia tosca), pero que, ya hacia el final de la obra, termina por imponerse y lo lleva a aceptar el mundo que lo rodea tal y cual es
Obras citadas
Cervantes y Saavedra, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Edición del IV Centenario. Real Academia española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Ed. y notas de Francisco Rico. Pres. Mario Vargas Llosa, Francisco Ayala y Martín de Riquer. Glosario de José Manuel Blecua et al. Sao Paulo: Real Academia Española, 2004.
Ciriaco Morón Arroyo. “Dulcinea”. En un lugar de la Mancha: estudios cervantinos en honor de Manuel Durán. Georgina Dopico Black y Roberto González Echevarría, coords. Salamanca: Ediciones Almar, 1999. 197-211.
Erich Auerbach. “La Dulcinea encantada”. Mimesis. La representación de la realidad en la literatura occidental. Trad. I. Villanueva y E. Ímaz. México: Fondo de Cultura Económica, 1996. 314-339.




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