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La Clase Magistral




En años recientes, ningún candidato había llegado a la segunda vuelta con tanta aparente ventaja como Pedro Castillo. En frente suyo está la mujer que, en marzo, tenía el mayor antivoto de todos los candidatos: 70%. Keiko Fujimori no se encuentra ni remotamente en una posición similar a la que tenía en el 2016, y las encuestas lo demostraron rotundamente por meses. Sus acciones desde finales del 2017 hicieron crecer el antifujimorismo a su máximo nivel en los últimos 15 años y, hasta hace poco, parecía estar encaminada a su tercera elección consecutiva perdida.


Bien es cierto que Castillo, por su parte, no es un candidato que apela de manera natural al electorado peruano. Ya desde la campaña de la primera vuelta estaba clara su posición como el más radical de los candidatos de izquierda, al menos en el ámbito económico, y se conocían sus vínculos con el Movadef, lo que le consiguió antivoto desde el comienzo. Aún así, debido a quién es su rival, daba la impresión de que tenía la presidencia casi asegurada luego de la primera ronda de votaciones. Apenas una semana después de esta, la primera encuesta para la segunda vuelta lo colocó a la delantera con un 42% de la intención de voto, contra un 31% para Keiko.


Sin embargo, semana tras semana, sucesivas encuestas muestran que la ventaja de Castillo ha disminuido en todo el país. Es más, pareciera haber estado esforzándose en facilitarle cada vez más las cosas a Fujimori. Partiendo ya desde la extrema izquierda, desde el 11 de abril apenas ha mostrado intención de moderar sus posiciones, tanto en el ámbito económico como en el político. Es más, en los pocos momentos en los que parecía dispuesto a moderarse, se contradijo o retractó de alguna manera. Ejemplo de lo primero fueron sus declaraciones en contra de futuras expropiaciones en un eventual gobierno suyo, a pesar de haber llamado previamente a nacionalizar el gas natural y diversos minerales. Un pequeño ejemplo de lo segundo fue la eliminación de los tweets donde se mostraba presto a colaborar con Edward Málaga y Flor Pablo Medina. Si ni siquiera puede considerar cooperar con el centro progresista, es mucho menos probable que esté dispuesto a firmar una “hoja de ruta”, al estilo de Ollanta Humala.


Su francamente incomprensible y persistente negativa a revelar los integrantes de su equipo técnico no le hizo ningún favor, y solo empeoró las cosas al decir que los equipos técnicos son “parte del pasado”. Tampoco le resultó de ayuda su incapacidad para desautorizar a Vladimir Cerrón, secretario general de su partido y quien, para muchos, será el verdadero poder detrás del sillón presidencial en un eventual gobierno de Perú Libre. Finalmente, sus intentos por lograr que Keiko muerda el anzuelo y se niegue a alguno de sus pedidos para debatir han sido todos en vano. Fujimori aceptó debatir “de visitante” y hasta afuera del penal en el que estuvo encarcelada. Castillo solo quedó en ridículo al negar su asistencia al segundo debate que el mismo propuso, pero sugiriendo un nuevo debate, esta vez con los padres de cada candidato.


Es cierto que algunos factores externos también le han jugado en contra, como el alza del dólar a fines del mes de abril. Pero es cierto también que el alza se debió a la incertidumbre que genera un posible gobierno de Castillo, aún primero en las encuestas, y a los cambios radicales e incluso desastrosos que podría efectuar este en la economía del Perú. Pedro Castillo, sin moderarse, no podrá calmar este panorama.


La gran mayoría de los errores recientes de Castillo se reducen a una sola idea: es un candidato que hace semanas se visualiza a sí mismo como vencedor. Los peruanos solemos estar acostumbrados a un actuar de esta índole. Otro candidato presidencial, pero ahora en segunda vuelta, está ahora mismo siendo víctima de su propio ego. Regresando unos pocos años al pasado, podemos ver que las fallidas campañas para la alcaldía de Lima de Renzo Reggiardo y Ricardo Belmont en el 2018 fueron una pequeña antesala de esto. Al votante de este país no le gustan los candidatos que se dan por vencedores antes de la elección. Y, de manera similar a Reggiardo y Belmont, Castillo parece mostrarse reticente a debatir o, al menos, a debatir bajo los términos estándar.


Presa de su propia autoconfianza, el profesor Pedro Castillo puede estar dando una clase magistral de cómo perder una elección “ya ganada” en menos de dos meses. Le ha regalado miles de votos a Keiko Fujimori sin que ella deba realizar gran esfuerzo o cambiar sustancialmente sus propuestas. Pero quedan aún tres semanas para ver si esta generosidad se mantiene.


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