La casa de Adela: el horror del silencio presente
- Kevin Rivera
- May 19, 2021
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En el cuento de Mariana Enríquez es posible identificar la intención de la escritora por retratar los horrores y las consecuencias de las desapariciones durante la dictadura militar argentina de fines de los 70. Para empezar, Adela representa la violencia ejercida hacia el pueblo en la forma del cuerpo mutilado que posee. Mientras los demás niños se burlan de ella por la protuberancia que tiene como brazo izquierdo e incluso la tildan de monstruo, ella parece no tomarle importancia y más bien idea historias fantásticas sobre cómo lo perdió. De esa manera, Adela ilustraría la normalización de la violencia con la que los argentinos tuvieron que vivir, tratando de restarle importancia o hacer caso omiso de las desgracias que se cometían para poder intentar continuar con sus vidas.
Pero este no es el único aspecto a destacar. La casa misteriosa a la que Carla, Pablo y Adela ingresan y donde esta última desaparece puede interpretarse como la materialización del terrorismo institucional ejercido por parte de la dictadura, además del espacio de la “historia oficial” en contra de los testimonios de los torturados y las familias de los desaparecidos. En efecto, cuando los chicos entran a la casa, esta se encuentra muy iluminada y cuidada. También visualizan frascos con uñas, muelas, incisivos. Los cuartos de conformación tenebrosa y cambiante, sumado a lo mencionado, constituyen la casa como un lugar de incongruencias, de confusión y de horror, todas características siniestras que la identifican como el recinto de las violaciones de derechos humanos, como el Estado terrorista dictatorial. A ello se agrega que, luego de la desaparición de Adela y la huida de Pablo y Carla, cuando los policías llegan e ingresan se encuentran con un interior destruido, a punto de caerse a pedazos. Ello contrasta con lo visto y vivido por los hermanos. Nadie termina creyendo el testimonio de los chicos, con lo cual la casa se configura como el “relato oficial” de lo sucedido, la negación de la desgracia, la exculpación de la responsabilidad de los verdaderos responsables.
Finalmente, se toca el tema de las consecuencias de las desapariciones en los conocidos y familiares de las víctimas. Pablo se suicida y Carla nunca llega a superar la desaparición de Adela, hasta el punto de soñar constantemente con ello y lo ocurrido. Es así como Enríquez representa que el horror más grande no es el del reconocimiento de la desgracia misma, sino el de la incertidumbre, el de la duda, el del no saber qué fue realmente lo que pasó. Ese tormento que perdura en las familias y amigos de los desaparecidos hasta hoy.




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