Fahrenheit 451 : De lo distópico a lo real
- Pablo Alméstar
- Aug 27, 2021
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Ray Bradbury es el creador de un universo fantástico en la literatura. Sus novelas de ciencia ficción, fantasía y hasta terroríficas, han sido aclamadas por la crítica; sin embargo, de su repertorio, se destaca una obra que, siendo publicada en 1953, casi setenta años después se sigue reeditando; convirtiéndose, hoy por hoy, en un libro imprescindible en la biblioteca de cualquier lector. Fahrenheit 451 es una obra distópica, es decir, una en donde representa un futuro indeseable, ajeno a los anhelos o sueños de una sociedad aparentemente cuerda, muy contrario a una utopía, donde se manifiesta un mundo ideal, probablemente ficticia de igual manera. Sin embargo, surge la pregunta: ¿en qué momento una novela distópica, pasa a formar parte de la realidad? Y es que ni Bradbury esperaba que tantos años después se lo considerara un profeta. Aquí se cuenta la historia de Montag, un “bombero” cuya labor consiste en quemar todos los libros que pueda encontrar. Este personaje se ve envuelto en dilemas existenciales, influidos, principalmente, por una muchacha que encuentra regresando del trabajo: Clarisse. Así, el libro es un ir y venir de discusiones filosóficas en torno al fuego. Una chimenea, los trajes ignífugos, lanzallamas y las salamandras como símbolo. El universo de Fahrenheit cobra sentido al tomar como tema “la quema del conocimiento”, o todo rastro detrás de él. Resulta desquiciado pensar en esa posibilidad, pero, hoy en día, si bien no se cumple como tal, se aprecian vestigios de tal situación. Fahrenheit 451 se escribió ocho años después de terminado el Tercer Reich, y veinte años después de que, a causa de la hegemonía nazi, se quemaron alrededor de veinte mil libros, todo planeado por Joseph Goebbels, ministro de propaganda alemán. Si bien Bradbury tomó tales influencias, augura lo que años posteriores ocurriría, y no necesariamente bajo mandos supremacistas. En 1967, durante el primer gobierno del expresidente peruano Fernando Belaunde Terry, se orquestó una quema de libros. El responsable, Javier Alva Orlandini, se disfrazó de “bombero” y organizó uno de los episodios más vergonzosos de la historia del Perú en lo que a censura refiere: se destruyeron todos los ejemplares que mencionaran la palabra “socialismo”. Así, en Fahrenheit 451, Clarisse McClellan simboliza los libros que han sido quemados y los que están en el proceso. Una niña curiosa, alegre, extravagante, que difícilmente puede estar callada. Ella, al conocer a Montag, no se ve intimidada por su presencia, como así él lo pensaría y, por el contrario, deja al protagonista con serios conflictos. ¿Qué es Clarisse sino la representación viva de lo que es y hace sentir un libro? Montag, por otro lado, representa lo que todo hombre era (¿o es?) en ese entonces. Alguien embrutecido a merced de los grandes y sus intereses. Alguien enfocado en quemar cualquier página que se le cruce por el camino. No obstante, al llegar Clarisse a su vida, todo parece cambiar, y pensará en él, en la felicidad, en los libros y en sus acompañantes. Montag y Clarisse son los arquetipos que figuran hay hoy en día. Por un lado, alguien que solo sigue órdenes sin ser fiel a sus principios o tiene la intención de conocerlos; y, por el otro, alguien que pretende buscar o saborear algo más allá de lo evidente. Todos somos, en parte, Montag, y todos somos, de igual manera, Clarisse. El encuentro que hay entre los personajes simboliza lo que hace el ser humano cuando es uno con el conocimiento. La tan difícil y complicada labor de empezar a conocer, de transgredir lo absurdo y luchar por no morir. El escritor Constantino Bértolo, respecto a la función lectora, menciona: “La enfermedad de leer tiene sus ventajas. Otorga silencio, consuelo, oscuridad, compasión y dulce cansancio. Si hay que hacer campaña, hágase de esto. Leer para estar en silencio. Leer para aceptar la muerte, la soledad, la herida y el consuelo”. Sin embargo, hay un error común y es el asociar que el gusto por la lectura tiene que ser necesariamente de novelas, poesía, cuentos, etc. Lo importante es fomentar esta acción, no imponer. Al respecto, Gustavo Faveron Patriau menciona: “¿Existe alguna necesidad de que los estudiantes de un colegio estén obligados a leer “Paco Yunque” (…)? La respuesta es muy sencilla: no, no existe ninguna necesidad. Lo que importa es aproximar a los estudiantes a la lectura (…)”. Cada ser humano tiene una forma distinta de acercarse al conocimiento y a la lectura. Debería ser muy sencillo comprender por qué imponer la lectura de libros clásicos a estudiantes de secundaria, sin haber cultivado el hábito lector, no los convierte en literatos o leedores voraces. O, en su defecto, comprender por qué todos tienen que leer un solo título. Por otra parte, afirmar que se lee menos también es un error, al menos hoy en día. Un artículo publicado en la revista española Letras, menciona que, en el caso de Facebook, se comparte cientos citas, artículos, noticias, hasta producciones de los mismos usuarios. Si se compara el tiempo que un joven lee en esta plataforma, es, en gran medida, equiparable que puede pasar leyendo una novela. Fahrenheit 451 es la prueba que vivimos o vamos en camino a una distopía, si es que no hay suficientes Montag o Clarisse o grupos hambrientos de conocimiento en el mundo. Es y debería ser un texto de cabecera para todas las generaciones. Representa un texto valioso, al menos de los que, por ahora, siguen en circulación. Es una crítica exhaustiva a la censura, represión, dictaduras, al entretenimiento barato, a la poca ambición lectora, a las grandes élites que se benefician con el embrutecimiento de la gente, y así, tópicos por doquier de una novela grandiosa que va tomando forma en nuestra realidad. Se puede evitar llegar a los 451°Fahrenheit: la temperatura a la que el papel de los libros de inflama y arde.





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