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Excepción cultural, sí… ¿mercado?, también.



¿Cómo debería sentirse un peruano cuando lee debates entre franceses, ingleses, estadounidenses, españoles, alemanes, mexicanos, brasileros, turcos y surcoreanos hablando acerca de sus medidas de proteccionismo (o liberalismo) con relación a sus producciones cinematográficas nacionales?

En un punto muy particular, debería sentirse confundido. De los 7 países citados anteriormente, 6 de ellos tienen fuertes leyes de subvención para sus producciones locales, para lo que el principal objetivo será hacerle frente en lo posible al país, que en sus ideales debe ser Estados Unidos. Este último y, aunque se pintarrajee de liberal in extremis, no hace más que aplicar también las medidas proteccionistas de estos otros con relación a su cine, pero con la fachada clásica y ya casi soporífera de la defensa total del libre mercado.

Pero los otros países tampoco escapan de un modelo similar. De hecho, los franceses, tan conocidos por su actitud pedante al defender su cultura, son quienes más cine europeo producen y, oh sorpresa, quienes más solicitan leyes al parlamento europeo para la protección del cine que se produce en el viejo continente. Francia, conocida como la cuna del cine, ya había tenido una gran hegemonía con respecto a producciones locales y, al menos en Europa, lleva el título de ser el primer país en realizar y distribuir su cine a lo largo del continente. Pero si nos ponemos a revisar las distintas leyes que están fuera del marco nacional francés, es decir, las que son impulsadas por la unión europea, nos damos cuenta que casi todos los números favorecen al cine francés por distintos motivos:

El primero de ellos es que este país representa el mayor porcentaje de cine que se hace y se exporta en la región. Para ello, si una ley impulsada por parte de la UE pretende promover el estreno de películas europeas en los cines de todo Europa, podríamos disponer que, de cada 10 películas estrenadas, 6 son europeas y 4 de ellas pueden llegar a ser francesas. De hecho, un caso particular se dio en el 2016, cuando los franceses presionaron al servicio de streaming NETFLIX para poner al menos un 20% de producciones europeas en su catálogo y, nuevamente, vaya sorpresa, la mayoría de las producciones que lograrían entrar son las películas francesas. A esto se le llamó La Cuota Netflix.

Podríamos decir que Francia es la Hollywood de Europa, con una de sus productoras dentro de las más fuertes y grandes del mundo (Vivendi Entreteniment).

Sin embargo, estas medidas adoptadas hace ya buen tiempo por parte de Francia, no han hecho más que solventar una industria cinematográfica sólida y, pese a quien le pese, es de las más grandes y prestigiosas del mundo. Mismo camino toman, por ejemplo, los españoles, quienes antes de la pandemia ya exportaban sus producciones a distintos países de habla hispana y no solo se quedaba en las películas de Almodóvar. De la misma manera, los surcoreanos han defendido su industria de manera frontal, logrando que sus producciones locales lleguen, por ejemplo, a llevarse 4 estatuillas de los premios Oscar que, hasta la fecha, solo cuenta con un director estadounidense galardonado en los 10 últimos años como mejor director del año. Ni hablar de las novelas turcas, brasileras y mexicanas, parte también de la industria fílmica que estudia más mercado que cualquier otra cosa, pero que han servido para, al menos, darles una supervivencia a las producciones locales frente al enorme panorama hollywoodense que cada día se hace más presente en los cines mundiales.

La excepción cultural, como medida proteccionista de un estado frente a las hegemonías del entretenimiento, pueden significar un progreso en la industria cinematográfica nacional. Es realista pensar que no llegaremos a enfrentar los mega estrenos de Marvel con producciones a lo Pataclaún o Calichín, pero un crecimiento en la industria nacional resulta necesario para tener registro cultural, memoria y dignidad social mediante el archivo audiovisual.

Tampoco miremos un crecimiento en la industria con tan solo premios en festivales o en los Oscars, aunque estos puedan significar buenos síntomas para nuestras producciones. En el Perú debemos ver la excepción cultural como una oportunidad para fomentar la creación y la apreciación de nuestras producciones como una nueva forma de exportar cultura al mundo y así mejorar aspectos tales como el turismo, infraestructura e, incluso, educación.

Ponerse fuerte frente a quienes atiborran mercados no es sinónimo de dictadura, no es sinónimo de totalitarismo y tampoco de comunismo, como lo quieren pintar algunos al comparar las medidas proteccionistas con países como Corea del Norte. Significa hacer un esfuerzo que va en beneficio general del país. Desde la creación de una cineteca nacional, hasta una mayor apertura en coproducciones y mejoras de los presupuestos en los jóvenes realizadores. Pero no solo eso, sino incentivar a los espectadores a consumir producciones locales, de calidad y, aunque suene bonito leerlo, va más allá de otorgar dinero, sino de establecer políticas públicas que obliguen a las gigantescas empresas a exhibir cine nacional en lugar de películas palomiteras que incluso, muchas de ellas, llegan a ser fracasos en taquillas peruanas.

Esto no significa ponerle trabas al libre mercado, sino hacer uso de él. Más aún, en una época como la de ahora, con las distintas plataformas de streaming, con el constante intercambio de información, qué mejor panorama que el actual para impulsar políticas públicas que defiendan el cine peruano y generen el progreso en la industria cinematográfica, qué mejor época para darles oportunidades a nuevos realizadores capaces de mejorar nuestro cine. Debemos dejar de ver a las sociedades como clientes y a los productos culturales como mercancías si queremos, también, dejar de ver programas basura en la televisión o si queremos dejar de quejarnos porque las películas más vistas en el país son con cachín a la cabeza. Como bien dice Féliz Ovejero, <<la transparencia y la libertad de elección son un cuento chino>>, más aún en un país que pospone constantemente leyes en favor de su propio mercado y en favor de sus propios productos culturales, mientras estos no sean gastronomía, claro está. Si celebramos que hoy hay más imágenes repartidas a lo largo y ancho del mundo, si celebramos los estrenos norteamericanos, españoles y mexicanos, ¿por qué no celebrar un cine peruano que despierte miradas y emociones en nuestra propia gente? Que ya no solo sea Ibermedia, ojalá, y sean muchas más las casas productoras que apuesten por un cine peruano para ser llevado a la pantalla no solo aquí, sino allá, afuera. Pero es, lamentablemente, tarea de un estado capaz el lograr tal sueño personal, quizás, pero no imposible. A pesar de las constantes críticas de compatriotas lúcidos, cosmopolitas y nobeles que siguen pensando que el cine actual solo se encuentra en los estrenos de los multicines y a pesar de otros que salen en televisión a decir que no les gustó tal o cual película, porque hace creer que las mujeres peruanas se siguen poniendo papas en sus partes íntimas. A pesar de ello, se puede lograr. No es una cruzada utópica, sino un proyecto aterrizable. Los perros ladrarán, pero al final, es sinónimo de que se está avanzando.


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