El movimiento punk que se posicionó contra las drogas y el alcohol
- Giulliana Quintana
- Aug 12, 2021
- 2 min read

Minor Threat, precursores del movimiento straight edge. Foto: Oliver Hansen.
A menudo, cuando escuchamos la mención del punk en algún lugar (sitio web, conversación, casualidad) lo relacionamos muy probablemente, a una subcultura de comportamientos que rayan los excesos de todo eso que en casa nos dijeron que estaba mal. Tomar, drogarse, fumar. No obstante, hay un punto de quiebre en esa narrativa de vicios. El straight edge es un estilo de vida y un movimiento que se inició dentro de la subcultura del hardcore punk en el cual sus seguidores hacen un compromiso de por vida para abstenerse de beber alcohol, fumar tabaco y consumir drogas.
Toma su nombre de una canción de la banda de hardcore estadounidense Minor Threat cuya letra sienta las bases del modo de vida que los identifica: “Soy una persona como tú / pero tengo mejores cosas que hacer / que holgazanear y joder mi cabeza (…), / aspirar mi*rda blanca por la nariz. / Yo llevo una vida recta”.
Como todos los movimientos juveniles, tienen la música en su origen y en su núcleo. Además de Minor Threat, hay numerosas bandas que cubren durante casi cuatro décadas la historia straight edge: State of Alert, 7 Seconds, Youth of Today, Rise Against o Have Heart, entre otras. Esa trayectoria musical sirve quizá para dar continuidad a una corriente que ha ido mudando con el tiempo y que ha sufrido desviaciones ideológicas no compartidas por todos sus miembros.

Las “x” son signos representativos de los seguidores de esta tendencia. Foto: Vice
Luisgé Martin, periodista español, explica: “El straight edge nace del nihilismo del punk, pero propone algo antagónico: el puritanismo frente al exceso, la contención frente a la rabia. En la turbulencia de la modernidad resulta casi paradójico encontrar a jóvenes –y no tan jóvenes– que, sin místicas religiosas, hacen de algunas renuncias su forma de vida”.
Las personas identificadas con este movimiento tienen hábitos indumentarios comunes y un símbolo que les identifica: la X, tatuada en su piel o exhibida en su ropa. Con ese signo marcaban en algunos conciertos de hardcore de finales de los setenta a los menores de 21 años, a los que estaba prohibido venderles alcohol. Esa marca de restricción se convirtió en marca de orgullo. Y así se mantiene hasta la actualidad, demostrando que el estigma hacia la cultura punk es un disfraz fácilmente desmontable.




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