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De derechas y juventudes




Es evidente, y lo sabemos ahora, que la izquierda nunca dejó la cancha. A diferencia de la derecha, cuyos cuadros se manifiestan y movilizan a sus seguidores cada 5 años, vemos hoy cómo el trabajo de campo de la izquierda, les permitió, lentamente, calar en las mentes de sus eventuales votantes para hacerse de un triunfo electoral sorpresivo. Rol importante han ejecutado las juventudes de izquierda, ciertamente, a través de movilizaciones callejeras de gran magnitud - por ejemplo, en Noviembre del año pasado - lo que terminó por dar la impresión, ciertamente engañosa, de que la calle le pertenece a la izquierda.


Las marchas “Respeta Mi Voto”, sin embargo, trajeron un primer matiz a esta situación. Ya no hablamos de cuatro gatos, no hablamos de una portátil rabiosa en alguna plaza, sino de decenas de miles de personas, de toda edad y clase social, que, a lo largo del país, mandaron un mensaje a esa izquierda que se consideraba dueña de la calle: tal vez en el pasado no hemos estado acá, pero ahora sí. Y dentro de estos grupos que, en muchas oportunidades, por primera vez llegan a las calles para expresar su compromiso político, hay jóvenes.


No es exageración decir que antiguas creencias y hoy superados prejuicios sobre la juventud de izquierda se han borrado, pero se han transferido a las juventudes de derecha. Si en algún momento, decir que uno era un joven de izquierda horrorizaba a sus pares, hoy, el decir que uno es un joven de derecha espanta y confunde al común de sus pares. Lo bacán, lo chévere, en la actualidad, es ser de izquierda.


Sin embargo, como decíamos en introducción, ya que la juventud de izquierda viene haciendo un remarcable trabajo de campo en los últimos años, tiene sentido también pensar que la incipiente juventud de derecha se ha quedado un tanto atrás. Uno de los mayores logros, en ese sentido, de la juventud de izquierda, ha sido re-empaquetar el discurso hacia uno más acorde a los tiempos actuales, apoyándose en, sobre todo a nivel de la izquierda urbana, las banderas de las minorías sociales, la mujer y los derechos humanos.


¿Podemos decir que el discurso de la juventud de derecha se ha modernizado? ¿Podemos decir, siquiera, que existe un discurso propio de la juventud de derecha? Digamos que, mayoritariamente, el discurso anti-comunismo, devotamente liberal en lo económico, y anti-derechos reproductivos de la mujer en lo social, resulta un calco literal de lo que vienen diciendo los que alguna vez, y en tiempos muy lejanos, fueron los jóvenes de derecha hoy percibidos como viejos lesbianos. En otras palabras: uno puede tener 25 años y ser un viejo lesbiano, si moviliza los mismos discursos y las mismas posturas.


¿Qué es entonces, una derecha moderna y joven? En nuestro panorama político, podemos mencionar, por ejemplo, a la activista liberal, pro derechos LGTBI, Yesi Álvarez. Álvarez, de manera casi revolucionaria, ha encontrado un discurso que encaja con los parámetros de la derecha clásica, pero incorporando ciertas aristas inevitables si se quiere construir un discurso que esté a la par con la realidad.


Esto, sin embargo, no será suficiente. El grueso de los reclamos contra la derecha tradicional no pasa por una supuesta falta de atención a problemáticas sociales latentes, sino, entendemos, se basa en la superficialidad con la que justamente abordan dichas problemáticas. Ese discurso de la izquierda según el cual todo es transversal, todo es histórico y sistémico, es, desgraciadamente, más o menos cierto. En ese sentido, el hecho de que haya grupos sociales sistemáticamente desatendidos, es una consecuencia del modelo que la derecha, joven o vieja, se niega en todo caso a tocar. La izquierda, por otro lado, sí apunta a rediseñar el modelo de manera más global y profunda, de modo a que las condiciones básicas que crean poblaciones marginadas empiecen a desaparecer.


Hay esperanza dentro de la derecha, ciertamente, pero no necesariamente a raíz de las posturas políticas de la juventud de derecha. Tenemos ejemplos, en ese sentido, de figuras tradicionalmente asociadas a la derecha y “al modelo”, que están empezando a abrir los ojos ante esta situación. En las últimas semanas, personalidades como Roque Benavides - quien por cierto hubiera sido un excelente candidato presidencial - han insistido en la necesidad de cambiar en mayor profundidad el sistema económico, indicando, por ejemplo, que “el sector empresarial tendrá que ser mucho más inclusivo” (Cuarto Poder, 6 de junio).


Está ahí entonces el reto: hacer que la renovación del discurso de la derecha no pase solamente por una renovación de cuadros que repiten los viejos preceptos, sino, ocuparse de que dicha renovación no solamente alcance la forma, sino los fondos. Las demandas de la población que eligió a Pedro Castillo son, claramente, cuestión de fondo. Y, mientras la derecha siga en sus trece, los indignados siempre serán 50+1. Adaptarse, o desaparecer.



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