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Cuba Libre sin Coca-Cola: una voz derechista contra el intervencionismo estadounidense




El grito de protesta contra el régimen chavista—no solo contra el bloqueo, como muchos lo quieren pintar—ha retumbado en calles y redes sociales (#SOSCuba). Cubanos, tanto residentes como expatriados, están llenos de esperanza por un cambio de régimen en medio de una crisis agudizada por la pandemia. «¡Libertad!», gritan. «¡Patria y vida!».


Saludo este movimiento como saludo cualquier otro que sea anticomunista. De hecho, voy un paso más allá: no le hago ascos a la posibilidad de un golpe de Estado. No es un mal per sé. En un artículo anterior, hablé sobre algunos puntos en común con el virtual congresista Bermejo, a pesar de hallarnos a años luz en el espectro ideológico. Este es uno de ellos. La violencia es en muchas ocasiones la partera de la historia y, cuando las elecciones son una estafa y se viola la dignidad del hombre de manera sistemática, se negocia con un rifle. «Ay, fo» es una reacción instintiva para quienes llevaron un curso de cívica, y no me opongo. El común denominador en tiempo de paz debe funcionar como un fluido amortiguador en contra de insurrecciones. Sin embargo, Cuba no vive una situación de paz, sino de opresión.


Dicho eso, creo que todo Iberoamérica debe comprender que la opción estadounidense no es viable. Las intervenciones por parte de EE. UU. en nuestro continente han resultado costosísimas a largo plazo. Si bien Allende debía ser expectorado de la Moneda, Pinochet dejó tanto un número de asesinados inocentes como un lastre retórico para la derecha incluso en países vecinos. El Salvador, Guatemala, Panamá… La lista de intervenciones no es corta. Uno tiene que preguntarse si es que realmente vale la pena hipotecarse a esa escala, con las montañas de desaparecidos, las familias de los desaparecidos y una legitimidad de queso suizo a cuestas.


Ni siquiera necesitamos retroceder tanto el reloj. El efímero golpe de Estado del venezolano Pedro Carmona en el 2002 recibió asesoría por parte de altos mandos estadounidenses de la administración Bush. En el 2009, el Departamento de Estado bajo Hillary Clinton estuvo directamente involucrado con la remoción y contención del presidente hondureño Manuel Zelaya. Aunque no precisamente en Iberoamérica, Haití tampoco se salva de la nociva intervención estadounidense. El presidente Jean-Bertrand Aristide fue removido y supuestamente secuestrado por fuerzas militares estadounidenses, cuyas actividades antes y después del golpe no se pueden negar.


Ahora mismo la isla caribeña vuelve a experimentar los gentiles vientos de libertad estadounidense. Uno de los sospechosos del reciente asesinato del Presidente Jovenel Moïse es Joseph Gertand Vincent, arrestado hace más 20 años por intentar acceder a territorio estadounidense con información falsa. Desde entonces, fue un informante de la DEA. Ello sería totalmente incidental si la policía haitiana no hubieran intervenido la casa del haitiano Christian Emmanuel Sanon por acusaciones de ingresar al país en un avión privado como parte del complot. En su domicilio encontraron 20 cajas de municiones, partes de armas, dos autos, cuatro placas de rodaje dominicanas y un gorro con el logo de la DEA. Es importante mencionar que la DEA facilitó la captura de Vincent, al mismo tiempo que el FBI está colaborando con las fuerzas del orden en Haití. No obstante, esta no sería la primera vez que los EE. UU juegan a limpiar su propio desastre, sobre todo mientras la esposa del difunto Moïse permanece en un hospital en Miami. Autoridades haitianas también arrestaron al menos a un ciudadano haitiano-estadounidense y a 18 de nacionalidad colombiana. Aunque las versiones de los detenidos son contradictorias, más de uno señala trabajar para CTU Security, una empresa de seguridad registrada en Miami el 2019 y dirigida por el expatriado venezolano Antonio Intriago, quien tendría nexos con perfiles políticos de Colombia, incluyendo al actual mandatario Iván Duque y al expresidente Álvaro Uribe. Recordemos que Biden fue instrumental para la aprobación del cuestionado Plan Colombia que expandió las operaciones militares de Estados Unidos en la región. He mantenido a raya las fuentes afines al chavismo. Con sus acusaciones, no hubiera bastado un artículo.


Hay motivos para creer que hay un auge de intervención estadounidense en la región, lo cual encaja perfectamente con el perfil del Presidente Joseph Biden. Prefiero no pecar de inocente y contemplar la posibilidad de un papel estadounidense (ahora o en el futuro próximo) en la presente contrarrevolución cubana. Dejar pasar eso, o saludarlo como algo positivo, sería un craso error para la derecha en la región. En caso la situación recrudezca, los altos mandos simplemente migrarán a Nicaragua o Venezuela, donde su knowhow seguirá operando en desmedro de la región. Desde ahí, aprovecharán la renovada retórica antiestadounidense para reorganizar su metástasis continental. ¿Valdría la pena una nueva victoria pírrica à la gringa en Iberoamérica? Lo dudo mucho, sobre todo si el costo es renovar esa vetusta hipoteca política que lastra al continente.


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