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Cuba: la otra cara de las crisis




Las cámaras de los reportajes internacionales se han vuelto a fijar en Cuba a raíz de que, desde hace algunos días, se están produciendo protestas masivas en las calles con el único objetivo de enunciar la mayor de las aversiones contra las personalidades enquistadas en el gobierno y, al mismo tiempo, la vigencia de un sistema político y económico que les mantiene en la más absoluta de las miserias. Esto, visto de manera panorámica, resulta ser interesante al observar la situación total de Latinoamérica, escenario en el que, con algunas excepciones como la de Ecuador, se están estableciendo presidencias de izquierda o centro izquierda, a la par de otros actos como las propuestas de cambio de constituciones.

Sin embargo, de todos estos países (incluyendo Venezuela), Cuba es el que conoce el socialismo más de cerca, ya que lo ha vivido a lo largo de décadas, desde el triunfo de la revolución liderada por Fidel Castro y Ernesto “El Che” Guevara”. Se puede hablar de una crisis profunda y sostenida a lo largo del tiempo. A dicho término se le ha atribuido una carga negativa y tiene la posibilidad de despertar alarmas en la mente de más de un estudioso. Al hacer esto, se olvida un factor importante de las crisis: la otra cara de estas. Es sobre esto último que trata la presente columna.

Es necesario entender que las crisis son un concepto muy complejo y que ha estado presente a lo largo de la historia. Si bien son presagio de tiempos difíciles, como los que hoy se viven en Latinoamérica, lo cierto es que también son la entrada a una nueva etapa. Se trata de periodos que, una vez superados, las sociedades que sufrieron los tiempos más duros de estos serán testigos del inicio de algo nuevo: algo mejor. Un ejemplo de ello es lo conocido como el fin de la Edad Media, acontecimiento que se le atribuye a la caída de Constantinopla (o el “Imperio Romano de Oriente”) a manos de los conocidos como “bárbaros” (visigodos, ostrogodos, entre otros). Lo cierto es que esta transición fue algo mucho más complejo, lento y desarrollado que la caída de dicho imperio. Otro elemento que debe mencionarse como parte del proceso fue la Peste Negra.

Por otro lado, en contraste, el fin de la Edad Media significó el descubrimiento (desde una visión eurocéntrica, naturalmente) del Nuevo Mundo, hoy conocido como América, lo cual dio paso a la más grande de las globalizaciones. Se terminó, asimismo, con el sistema feudal de sostenimiento económico, y se dio paso a los primeros atisbos de Capitalismo, que permitió a los campesinos y artesanos, anteriormente sujetos a los designios del señor feudal, aprovechar sus excedentes económicos, ahorrar, comerciar y poder sobresalir y tener una calidad de vida cada vez mayor. Comenzó el Renacimiento en distintas partes del continente europeo, y, con ello, el ensalzamiento de grandes personajes e inventos que, incluso hoy, siguen siendo estudiados.

En ese sentido, las crisis deben ser entendidas como contextos de desequilibrio, incertidumbre, desasosiego e, incluso, temor frente a lo que vendrá después. No obstante, también son el inicio de algo nuevo para la humanidad. En ese sentido, Cuba se encuentra en una nueva parte de su crisis: una que es tan fuerte que, aunque el gobierno intente cortar el internet y telecomunicaciones para evitar el diálogo con otros países, las voces de los ciudadanos gritando “libertad” se escuchan más allá del continente. La crisis está por tomar otro matiz.

En un contexto como el que nos encontramos viviendo hoy por hoy en Latinoamérica, en el que el futuro es incierto y los temores son cada vez más sustentables, Cuba da un aliento de esperanza: una vela en medio de la oscuridad que demuestra la total ausencia de pasividad por parte de sus ciudadanos. Sólo el tiempo dirá si esto se extiende a los demás países, tales como Venezuela, que, desde hace mucho tiempo, están a la espera de tiempos mejores.


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