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Cuando el pueblo venció al Perú



Englobar y fabricar identidades es un asunto crucial de cara a la eficacia de una estrategia política determinada y avanzada. Como se ha afirmado desde el posmarxismo de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, el control por aquellos términos o significantes que, preñados de universalidad, permiten que una propuesta política tenga mayor alcance entre la población, forma parte esencial de un juego de poderes que, hoy por hoy, se halla también mediada en el auge de la sociedad del espectáculo.


Las elecciones recientes, escapan a todo intento de “reconciliación” y regresión a una unidad peruana originaria (¿?) precisamente porque ambas propuestas han pretendido englobar bajo términos bien definidos las demandas existentes. Pero, porque este acto de construcción de la universalidad e intento de situarse como la mejor opción no puede estar exenta del conflicto –antes bien, resulta alimentada por este–, es evidente que estos términos, por más inocentes que pretenda mostrárselos, iban a entrar en contradicción en algún momento.


Pensemos, para ello, en los sujetos colectivos y políticos a los que ambos apelan. Pedro Castillo, que ha vestido una casaca con el símbolo de la Marca Perú durante la campaña para mostrarse cercano a los intereses empresariales y la inversión privada, no ha dejado de apelar a la idea del pueblo y las connotaciones culturales que, en el imaginario peruano, posee (frente a lo pituco, lo refinado, lo tecnocrático y excesivamente burocrático). Por otro lado, Keiko Fujimori, usando la camiseta de la selección peruana de fútbol, una prenda que la aleje de ese encasillamiento en la derecha y la acerque a las “masas”, ha decidido refugiarse en el “Perú”, en esa pretendida unidad patriótica que, como gran discurso nacionalista, pretende desaparecer toda diferencia interna (¿clases sociales?) para concentrarse en el enemigo exterior: el comunismo.


Pero aquí vale formular una evaluación crítica respecto a estas apelaciones. La idea de pueblo ha sido, por mucho, manoseado en el lenguaje político peruano. Fuerza popular, Renovación popular…estamos acostumbrados ciertamente a un uso casi hipócrita del término por aquellos partidos que del pueblo solo buscan el voto en cada elección, manteniendo esa mirada vertical y sin intención de empoderar precisamente al pueblo que buscan representar. Por su parte, la apelación al pueblo por parte de Pedro Castillo no puede desligarse del contexto sindicalista en el cual se ha formado, un contexto saturado de demandas y de constante oposición y lucha contra los aparatos indiferentes del Estado. La democracia aquí es radical no tanto por un principio ideológico como sí por la imposición de la cercanía con los representados, o, para decirlo directamente, con las “bases”.

Por otro lado, escudarse en el nombre del país peca ahí donde cree hallar su fortaleza. Esta unidad nacional supone una conservación implícita de un orden anterior, uno donde las jerarquías están bien definidas y que deben ser mantenidas en oposición a un agente externo. Pero esto solo puede tener cabida donde las jerarquías sean favorables y las desigualdades no afecten en lo más mínimo a los privilegios. Es verdad que el campo popular está atravesado por creencias e ideas que no podrían considerarse del todo progresistas, pero también existe algo llamado necesidades básicas que, la urgencia de la crisis, puede llegar a ser determinante de cara a una elección política. Por ello, no debe sorprendernos que el pueblo haya vencido al Perú, sobre todo cuando, como afirmó en sus días Alberto Flores Galindo, la nación peruana se ha ido construyendo en oposición a los excesos de sus gobernantes.


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