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Crónicas de una sorda



¿Qué es crecer con limitaciones? Soy parcialmente sorda y puedo decir que crecer con limitaciones es no querer usar audífonos por miedo al qué dirán, no aprender lenguaje de señas por no querer aceptar la futura sordera, tener que ir siempre a un lado de los demás porque con ese oído se escucha mejor, tener que renunciar o ni siquiera intentar postular a trabajos que no son inclusivos por miedo, no ver tratamientos alternativos porque eso lo vuelve real. Crecer con limitaciones es crecer con miedo.


No es un miedo sorpresivo que te agarra cuando vas a dar un examen importante o tienes tu primera entrevista de trabajo, no, es un miedo constante que adquieres a lo largo de tu vida y con el que ya hasta entablas una amistad tóxica; miedo al rechazo, a los estereotipos, al rotundo “no” de muchas personas, miedo incluso a salir a la calle porque ser sordo en Lima es un riesgo; entre la falta de empatía y los conductores apresurados por llegar a su destino puede que te cueste la vida u otro sentido.


En Perú, se estima que medio millón de personas tienen problemas auditivos y según la Organización Mundial de la Salud (OMS), son 466 millones de personas en todo el mundo.


Ser parcialmente sorda me ha dado otra perspectiva de vida, me hace mucho más empática y me hace sentir como Arguedas: un puente entre dos mundos, con 19 años evitando decirlo porque están las miradas de compasión y aquellas que son por encima del hombro cuando ven a una persona discapacitada. Aquel rechazo que uno no quiere en su vida, pero que después de tantos años se pregunta ¿por qué?, ¿por qué tengo que dejar que eso influya en mi vida?. La sordera no es una limitación o al menos no debería serlo, pero la sociedad nos ha excluido tanto hasta el punto que vivir en Lima se hace un infierno y no lo digo sólo por lo poco inclusivo que es su infraestructura con los discapacitados, porque recién la municipalidad de Lima inauguró un parque curioso de los sentidos y el puente con lenguaje braille, lo digo por la falta de empatía que cada día es más evidente, por los estereotipos que calan en la mente de los infantes con habilidades diferentes.


Evitemos decir a los niños, discapacitados o no, que tener tus cinco sentidos es estar “completo” porque ya no deberían haber niños, adolescentes y adultos que se pasen toda su vida sintiéndose incompletos, extrañando una sensación que nunca estuvo.


Por otro lado, también deberíamos darle crédito al lenguaje de señas que además de ser práctico y bonito, es necesario. Qué utopía el poder ir a un banco y que me atiendan en lenguaje de señas. Este empoderamiento del quechua es fascinante, pero inevitable no pensar y querer lo mismo para otros nichos de personas que aún no tienen la oportunidad de comunicarse bien, aunque suena un poco lejano porque el quechua y el resto de lenguas nativas tienen un factor importantísimo; son una cultura que en su pequeñez es más fuerte que la de los discapacitados. Así de olvidados estamos. Para tener una perspectiva más amplia hagamos esta comparación: medio millón, es decir; 500 mil discapacitados a comparación de los 3 millones de quechua hablantes que apenas son un 13% de la población.


Sin embargo, no solo es culpa del gobierno que no exige a las instituciones públicas su intérprete en lenguaje de señas, documentos en lenguaje braille o lo que más tristeza me dio cuando sacaron los nuevos billetes peruanos; la exclusión del lenguaje braille. Desde el 2001 dejaron de ponerlo en las monedas peruanas y en parte es culpa de una discapacidad llamada miedo que crece con personas como tú y como yo. Dejamos de defendernos y de exigir lo que queremos, no hacemos oír nuestras voces y aceptamos lo que pensamos que merecemos.


Muchas veces he visto a peruanos con habilidades diferentes que aceptan malos tratos o colas de 7 horas porque el personal de salud o de las instituciones públicas y privadas no nos quieren atender y cuando uno piensa en querer alzar la voz lo primero que llega a la mente es ¿a quién le interesa?.


A Leoncio Huamán Pereda le interesa, nuestro compatriota creó el año pasado un dispositivo que permite la comunicación entre las personas con problemas auditivos y su interlocutor, llamada Vision D y es que para él, la tecnología tiene que tener un impacto social que nos permita tener una comunidad más inclusiva.


Aún falta mucho camino por recorrer, pero el primer paso es romper con las barreras que el miedo nos pone, no la “discapacidad”.


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