A paso firme
- Solange García
- Jun 30, 2021
- 4 min read

A veces para luchar no hace falta nada, sólo una razón. Hace apenas un par de días atrás las calles en el país se llenaron de color, música, voces en distintas lenguas y mucha energía. Mentes en una misma dirección que se enfrentaron a la desinformación, la compra de medios, el miedo y el “terruqueo” durante esta campaña electoral que nos tiene en una cuerda floja entre la cordura y la desesperación.
Las marchas, transmitidas a través de las redes sociales y los medios independientes, dejaron un mensaje claro; el voto del cholo también cuenta. Aquel voto rural que tanto se ha marginado desde la República, y que realmente este evento fue la independización del criollo. Aquel hombre de tez oscura con las manos toscas que tanto repudio le tiene Lima, impuso su decisión por medio de una manifestación cultural espectacular. Sorprendente de ver y estudiar. Casi, casi me puedo teletransportar a un salón de historia, con el clásico uniforme y los libros abiertos a la mitad de par en par con el profesor hablando mientras me pregunto si la sensación de saber sobre historia, como la gran marcha que se dio en Arequipa el 2002 en contra de la privatización de las empresas eléctricas Egasa y Egesur, sería igual o mejor que formar parte de ella.
La respuesta es no, la sensación de ver la historia pasar ahí mismo, de ser parte de aquella multitud que defiende lo que cree, defiende sus convicciones y el voto de cada peruano es, por mucho, algo distinto a estudiarlo.
Sin embargo, las marchas no son propias de un país en específico, de hecho, son más cotidianas de lo que uno piensa en Latinoamérica, por ejemplo, en Perú, la última marcha que tuvo éxito fue la del 14 de noviembre del 2020 contra el gobierno de facto de Manuel Merino, donde dos vidas se perdieron, 40 desaparecieron y 210 salieron heridos físicamente, pero que invalidó un gobierno en cinco días.
Otro ejemplo es del país de Chile, que se enfrentó a toda la fuerza policial que el gobierno de Sebastian Piñera dispuso tras los reclamos de los ciudadanos por el alza del precio del transporte público y que se extendió por meses hasta lograr un cambio histórico de la constitución. Por otro lado, tenemos al pueblo colombiano que hace apenas un mes se alzó contra la reforma tributaria impulsada por su propio presidente, Iván Duque.

Foto: Marcha del 14 de noviembre en Lima.
Está de más decir el impacto que tienen las manifestaciones culturales y el poder que tiene la unión de la gente en las calles. La indignación, el cansancio y el amor por la patria que se demuestra en arengas que se repiten en una y otra marcha como la de “Perú, te amo, por eso te defiendo”, son las principales motivaciones del protagonista de esta manifestación; el ciudadano. Vital personaje que es el primero en poner el pecho por un país diverso, por la inclusión, por el respeto y por la memoria.

Foto: Marcha por Inti y Brayan.
Para luchar no se necesita mucho, ya lo he dicho, sólo una buena razón y la voz suficiente para que no sólo la ciudad en la que marchas te escuche, sino, el país o el mundo entero. Que todos se enteren que el pueblo no se queda callado. Que el pueblo es más que un pequeño flujo de dinero. Es el personaje principal con la voz y el carácter suficiente para saber decir “no, no lo permito” sin llegar a las agresiones que las costosas cámaras de los grandes medios enfocan.
Que eso no nos represente porque las marchas con amor son las que mejor se recuerdan y se sienten, incluso cuando sales a defender tus derechos, es importantísimo aprender a respetar el del resto o sino corremos el riesgo de terminar siendo una horda de salvajes que acaba con la vida de personas como tú y yo, que además de tener una postura política, son padres, madres, hijas, hijos, amigas, amigos, personas.
Sin embargo, la violencia permanece y está tan entrelazada con las marchas que a los padres les da miedo prender la televisión y ver a su hija o hijo con la bandera del Perú en la espalda, gritando, sintiendo, luchando por su país. No sienten orgullo, sienten miedo y no los culpo, a todos nos da miedo terminar como Inti o Brayan. nos da miedo que nuestros padres salgan en televisión nacional con el corazón partido confirmando nuestro cuerpo. Nos da miedo viajar kilómetros de distancia para que luego sean los golpes de palos con clavos los que lleven a un hospital. Tenemos miedo no sólo de morir, tenemos miedo de terminar postrados en una cama, de tener que recibir terapias por años para poder caminar de nuevo. Tenemos miedo y no deberíamos porque las marchas no son sinónimo de violencia. Luchar en un país “libre” no debería ser sinónimo de peligro, todo lo contrario, ser parte de estas manifestaciones, sin importar el lado en el que se decida estar, tiene que ser de manera pacífica porque no es lógico reclamar algo que no damos; respeto.




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